Frases 5

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Frases en Pequeño Sol

  

Adiós Gabo

 gabriel

Y en la ciudad de México dijiste adiós a este juego, a esta vida…

Al día siguiente la tierra tembló…

Muchas gracias Gabo por todo lo que nos diste

UN MANUAL PARA SER NIÑO

Aspiro a que estas reflexiones sean un manual para que los niños se atrevan a defenderse de los adultos en el aprendizaje de las artes y las letras. No tienen una base científica sino emocional o sentimental, si se quiere, y se fundan en una premisa improbable: si a un niño se le pone frente a una serie de juguetes diversos, terminará por quedarse con uno que le guste más. Creo que esa preferencia no es casual, sino que revela en el niño una vocación y una aptitud que tal vez pasarían inadvertidas para sus padres despistados y sus fatigados maestros.

Creo que ambas le vienen de nacimiento, y sería importante identificarlas a tiempo y tomarlas en cuenta para ayudarlo a elegir su profesión. Más aun: creo que algunos niños a una cierta edad, y en ciertas condiciones, tienen facultades congénitas que les permiten ver más alla de la realidad admitida por los adultos. Podrían ser residuos de algún poder adivinatorio que el género humano agotó en etapas anteriores, o manifestaciones extraordinarias de la intuición casi clarividente de los artistas durante la soledad del crecimiento, y que desaparecen, como la glándula del timo, cuando ya no son necesarias.
Creo que se nace escritor, pintor o músico. Se nace con la vocación y en muchos casos con las condiciones físicas para la danza y el teatro, y con un talento propicio para el periodismo escrito, entendido como un género literario, y para el cine, entendido como una síntesis de la ficción y la plástica. En ese sentido soy un platónico: aprender es recordar. Esto quiere decir que cuando un niño llega a la escuela primaria puede ir ya predispuesto por la naturaleza para alguno de esos oficios, aunque todavía no lo sepa. Y tal vez no lo sepa nunca, pero su destino puede ser mejor si alguien lo ayuda a descubrirlo. No para forzarlo en ningún sentido, sino para crearle condiciones favorables y alentarlo a gozar sin temores de su juguete preferido. Creo, con una seriedad absoluta, que hacer siempre lo que a uno le gusta, y sólo eso, es la formula magistral para una vida larga y feliz.
Para sustentar esa alegre suposición no tengo más fundamento que la experiencia difícil y empecinada de haber aprendido el oficio de escritor contra un medio adverso, y no sólo al margen de la educación formal sino contra ella, pero a partir de dos condiciones sin alternativas: una aptitud bien definida y una vocación arrasadora. Nada me complacería más si esa aventura solitaria pudiera tener alguna utilidad no sólo para el aprendizaje de este oficio de las letras, sino para el de todos los oficios de las artes.
La vocación sin don y el don sin vocación
Georges Bernanos, escritor católico francés, dijo: “Toda vocación es un llamado”. El Diccionario de Autoridades, que fue el primero de la Real Academia en 1726, la definió como “la inspiración con que Dios llama a algún estado de perfección”. Era, desde luego, una generalización a partir de las vocaciones religiosas. La aptitud, según el mismo diccionario, es “la habilidad y facilidad y modo para hacer alguna cosa”. Dos siglos y medio después, el Diccionario de la Real Academia conserva estas definiciones con retoques mínimos. Lo que no dice es que una vocación inequívoca y asumida a fondo llega a ser insaciable y eterna, y resistente a toda fuerza contraria: la única disposición del espíritu capaz de derrotar al amor.
Las aptitudes vienen a menudo acompañadas de sus atributos físicos. Si se les canta la misma nota musical a varios niños, unos la repetirán exacta, otros no. Los maestros de música dicen que los primeros tienen lo que se llama el oído primario, importante para ser músicos. Antonio Sarasate, a los cuatro años, dio con su violín de juguete una nota que su padre, gran virtuoso, no lograba dar con el suyo. Siempre existirá el riesgo, sin embargo, de que los adultos destruyan tales virtudes porque no les parecen primordiales, y terminen por encasillar a sus hijos en la realidad amurallada en que los padres los encasillaron a ellos. El rigor de muchos padres con los hijos artistas suele ser el mismo con que tratan a los hijos homosexuales.
Las aptitudes y las vocaciones no siempre vienen juntas. De ahí el desastre de cantantes de voces sublimes que no llegan a ninguna parte por falta de juicio, o de pintores que sacrifican toda una vida a una profesión errada, o de escritores prolíficos que no tienen nada que decir. Sólo cuando las dos se juntan hay posibilidades de que algo suceda, pero no por arte de magia: todavía falta la disciplina, el estudio, la técnica y un poder de superación para toda la vida.
Para los narradores hay una prueba que no falla. Si se le pide a un grupo de personas de cualquier edad que cuenten una película, los resultados serán reveladores. Unos darán sus impresiones emocionales, políticas o filosóficas, pero no sabrán contar la historia completa y en orden. Otros contaran el argumento, tan detallado como recuerden, con la seguridad de que será suficiente para transmitir la emoción del original. Los primeros podrán tener un porvenir brillante en cualquier materia, divina o humana, pero no serán narradores. A los segundos les falta todavía mucho para serlo -base cultural, técnica, estilo propio, rigor mental- pero pueden llegar a serlo. Es decir: hay quienes saben contar un cuento desde que empiezan a hablar, y hay quienes no sabrán nunca. En los niños es una prueba que merece tomarse en serio.
Las ventajas de no obedecer a los padres
La encuesta adelantada para estas reflexiones ha demostrado que en Colombia no existen sistemas establecidos de captación precoz de aptitudes y vocaciones tempranas, como punto de partida para una carrera artística desde la cuna hasta la tumba. Los padres no están preparados para la grave responsabilidad de identificarlas a tiempo, y en cambio sí lo están para contrariarlas. Los menos drásticos les proponen a los hijos estudiar una carrera segura, y conservar el arte para entretenerse en las horas libres. Por fortuna para la humanidad, los niños les hacen poco caso a los padres en materia grave, y menos en lo que tiene que ver con el futuro.
Por eso los que tienen vocaciones escondidas asumen actitudes engañosas para salirse con la suya. Hay los que no rinden en la escuela porque no les gusta lo que estudian, y sin embargo podrían descollar en lo que les gusta si alguien los ayudara. Pero también puede darse que obtengan buenas calificaciones, no porque les guste la escuela, sino para que sus padres y sus maestros no los obliguen a abandonar el juguete favorito que llevan escondido en el corazón. También es cierto el drama de los que tienen que sentarse en el piano durante los recreos, sin aptitudes ni vocación, sólo por imposición de sus padres. Un buen maestro de música, escandalizado con la impiedad del método, dijo que el piano hay que tenerlo en la casa, pero no para que los niños lo estudien a la fuerza, sino para que jueguen con él.
Los padres quisiéramos siempre que nuestros hijos fueran mejores que nosotros, aunque no siempre sabemos cómo. Ni los hijos de familias de artistas están a salvo de esa incertidumbre. En unos casos, porque los padres quieren que sean artistas como ellos, y los niños tienen una vocación distinta. En otros, porque a los padres les fue mal en las artes, y quieren preservar de una suerte igual aun a los hijos cuya vocación indudable son las artes. No es menor el riesgo de los niños de familias ajenas a las artes, cuyos padres quisieran empezar una estirpe que sea lo que ellos no pudieron. En el extremo opuesto no faltan los niños contrariados que aprenden el instrumento a escondidas, y cuando los padres los descubren ya son estrellas de una orquesta de autodidactas.
Maestros y alumnos concuerdan contra los métodos académicos, pero no tienen un criterio común sobre cuál puede ser mejor. La mayoría rechazaron los métodos vigentes, por su carácter rígido y su escasa atención a la creatividad, y prefieren ser empíricos e independientes. Otros consideran que su destino no dependió tanto de lo que aprendieron en la escuela como de la astucia y la tozudez con que burlaron los obstáculos de padres y maestros. En general, la lucha por la supervivencia y la falta de estímulos han forzado a la mayoría a hacerse solos y a la brava.
Los criterios sobre la disciplina son divergentes. Unos no admiten sino la completa libertad, y otros tratan incluso de sacralizar el empirismo absoluto. Quienes hablan de la no disciplina reconocen su utilidad, pero piensan que nace espontánea como fruto de una necesidad interna, y por tanto no hay que forzarla. Otros echan de menos la formación humanística y los fundamentos teóricos de su arte. Otros dicen que sobra la teoría. La mayoría, al cabo de años de esfuerzos, se sublevan contra el desprestigio y las penurias de los artistas en una sociedad que niega el carácter profesional de las artes.
No obstante, las voces más duras de la encuesta fueron contra la escuela, como un espacio donde la pobreza de espíritu corta las alas, y es un escollo para aprender cualquier cosa. Y en especial para las artes. Piensan que ha habido un despilfarro de talentos por la repetición infinita y sin alteraciones de los dogmas académicos, mientras que los mejor dotados sólo pudieron ser grandes y creadores cuando no tuvieron que volver a las aulas. “Se educa de espaldas al arte”, han dicho al unísono maestros y alumnos. A éstos les complace sentir que se hicieron solos. Los maestros lo resienten, pero admiten que también ellos lo dirían. Tal vez lo más justo sea decir que todos tienen razón. Pues tanto los maestros como los alumnos, y en última instancia la sociedad entera, son víctimas de un sistema de enseñanza que está muy lejos de la realidad del país.
De modo que antes de pensar en la enseñanza artística, hay que definir lo más pronto posible una política cultural que no hemos tenido nunca. Que obedezca a una concepción moderna de lo que es la cultura, para qué sirve, cuánto cuesta, para quién es, y que se tome en cuenta que la educación artística no es un fin en sí misma, sino un medio para la preservación y fomento de las culturas regionales, cuya circulación natural es de la periferia hacia el centro y de abajo hacia arriba.
No es lo mismo la enseñanza artística que la educación artística. Ésta es una función social, y así como se enseñan las matemáticas o las ciencias, debe enseñarse desde la escuela primaria el aprecio y el goce de las artes y las letras. La enseñanza artística, en cambio, es una carrera especializada para estudiantes con aptitudes y vocaciones específicas, cuyo objetivo es formar artistas y maestros como profesionales del arte.
No hay que esperar a que las vocaciones lleguen: hay que salir a buscarlas. Están en todas partes, más puras cuanto más olvidadas. Son ellas las que sustentan la vida eterna de la música callejera, la pintura primitiva de brocha y sapolín en los palacios municipales, la poesía en carne viva de las cantinas, el torrente incontenible de la cultura popular que es el padre y la madre de todas las artes.
¿Con qué se comen las letras?
Los colombianos, desde siempre, nos hemos visto como un país de letrados. Tal vez a eso se deba que los programas del bachillerato hagan más énfasis en la literatura que en las otras artes. Pero aparte de la memorización cronológica de autores y de obras, a los alumnos no les cultivan el hábito de la lectura, sino que los obligan a leer y a hacer sinopsis escritas de los libros programados. Por todas partes me encuentro con profesionales escaldados por los libros que les obligaron a leer en el colegio con el mismo placer con que se tomaban el aceite de ricino. Para las sinopsis, por desgracia, no tuvieron problemas, porque en los periódicos encontraron anuncios como éste: “Cambio sinopsis de El Quijote por sinopsis de La Odisea”. Así es: en Colombia hay un mercado tan próspero y un tráfico tan intenso de resúmenes fotostáticos, que los escritores armamos mejor negocio no escribiendo los libros originales sino escribiendo de una vez las sinopsis para bachilleres. Es este método de enseñanza -y no tanto la televisión y los malos libros-, lo que está acabando con el hábito de la lectura. Estoy de acuerdo en que un buen curso de literatura sólo puede ser una gema para lectores. Pero es imposible que los niños lean una novela, escriban la sinopsis y preparen una exposición reflexiva para el martes siguiente. Sería ideal que un niño dedicara parte de su fin de semana a leer un libro hasta donde pueda y hasta donde le guste -que es la única condición para leer un libro-, pero es criminal, para él mismo y para el libro, que lo lea a la fuerza en sus horas de juego y con la angustia de las otras tareas.
Haría falta -como falta todavía para todas las artes- una franja especial en el bachillerato con clases de literatura que sólo pretendan ser guías inteligentes de lectura y reflexión para formar buenos lectores. Porque formar escritores es otro cantar. Nadie enseña a escribir, salvo los buenos libros, leídos con la aptitud y la vocación alertas. La experiencia de trabajo es lo poco que un escritor consagrado puede transmitir a los aprendices si éstos tienen todavía un mínimo de humildad para creer que alguien puede saber más que ellos. Para eso no haría falta una universidad, sino talleres prácticos y participativos, donde escritores artesanos discutan con los alumnos la carpintería del oficio: cómo se les ocurrieron sus argumentos, cómo imaginaron sus personajes, cómo resolvieron sus problemas técnicos de estructura, de estilo, de tono, que es lo único concreto que a veces puede sacarse en limpio del gran misterio de la creación. El mismo sistema de talleres está ya probado para algunos géneros del periodismo, el cine y la televisión, y en particular para reportajes y guiones. Y sin exámenes ni diplomas ni nada. Que la vida decida quién sirve y quién no sirve, como de todos modos ocurre.
Lo que debe plantearse para Colombia, sin embargo, no es sólo un cambio de forma y de fondo en las escuelas de arte, sino que la educación artística se imparta dentro de un sistema autónomo, que dependa de un organismo propio de la cultura y no del Ministerio de la Educación. Que no esté centralizado, sino al contrario, que sea el coordinador del desarrollo cultural desde las distintas regiones del país, pues cada una de ellas tiene su personalidad cultural, su historia, sus tradiciones, su lenguaje, sus expresiones artísticas propias. Que empiece por educarnos a padres y maestros en la apreciación precoz de las inclinaciones de los niños, y los prepare para una escuela que preserve su curiosidad y su creatividad naturales. Todo esto, desde luego, sin muchas ilusiones. De todos modos, por arte de las artes, los que han de ser ya lo son. Aun si no lo sabrán nunca.
Cuentos de Gabriel García Márquez
García Márquez leyendo “Cien años de soledad”
 

  

Varios reconocidos Montessori

Famosos empresarios, escritores, artistas y científicos atribuyen a la educación Montessori su espíritu libre y emprendedor. Entre ellos están Sergey Brin y Larry Page, fundadores de Google, quienes al ser entrevistados en 2004, como dos de las personalidades más fascinantes de ese año, destacaron que gran parte de su éxito lo debían a su pasado en las aulas Montessori, donde aprendieron a ser autodidactas, con iniciativa propia y a pensar por sí mismos, lo cual les dio libertad para seguir sus propios intereses.
Otros montessorianos fueron:
• Gabriel García Márquez, escritor ganador del Premio Nobel de Literatura 1982.
• Jeffrey P. Bezos, creador de Amazon.
• Jimmy Wales, fundador de Wikipedia.
• Jacqueline Kennedy Onassis, editora y ex-Primera Dama de Estados Unidos.
• Katharine Graham, dueña y editora del Washington Post.
• Anne Frank, autora del famoso diario sobre la Segunda Guerra Mundial.
• Peter F. Drucker, Management Guru.
• Julia Child, chef famosa, autora de numerosos libros de cocina.
  

Sabías que…

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En una pared de taller 1 de Montessori Unión, Puebla

  

Y otra vez Nelson Mandela

Estoy en Tepoztlán visitando un colegio lleno de creativididad llamado Colegio El sabino ( del que escribiré más adelante), con vistas al Tepozteco.
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Y en las escaleras leo una frase de Nelson Mandela y le tomo una foto. Y pienso ¡Qué curioso otra vez Nelson Mandela! ayer leí otra frase de el en otra escuela y la colgué en el blog y hoy otra vez.
La mañana transcurre tranquilamente cuando la guía me cuenta que cada año hacen un trabajo con distintos personajes que aportan algo a la humanidad. El procedimiento que llevan es sortear los personajes que investigará cada niño y niña, y cada semana se les pide que contesten dos preguntas, como: ¿En qué siglo nació?¿Cómo era la vivienda?¿Y el transporte?…
Este es un ejemplo del trabajo sobre Juana de Arco, realizado por una niña de taller 1. Dibujos de su investigación y texto por la parte trasera:

Medicina
Medicina
Transporte
Transporte
Al cabo de 8 semanas cada uno tiene muchísima información sobre su personaje, asi que se disfrazan de él y lo representan delante de los demás niños y niñas.
Hace dos años entre los personajes estaba Nelson Mandela. El niño que lo investigó se entusiasmó con su personaje y se metió muchísimo en el papel.
Al cabo del tiempo cuando este niño se enteró que Nelson Madela estaba enfermó se entristeció muchísimo, asi que decidió escribirle una carta con su puño y letra. Lo sorprendente fue cuando ¡Recibió respuesta de Nelson Mandela!
El día que Nelson Mandela murió todos los niños estaban preocupados “¿Cómo le vamos a decir que  murió?”
Ese día el niño no llegó, pero al día siguiente todos se acercaron muy cariñosamente a mostrarle su tristeza. Parece que fue muy dura la muerte de Mandela para este niño.
Y con el paso de los días la guía estaba leyendo sobre Martin Luther King, emocionada, con la lágrimas en los ojos, cuando este niño se levanta y grita una frase de Nelson Mandela. Y emocionados echaron a llorar.
Cuando me lo contaba, yo casi echo a llorar también de la emoción:
Este niño  vivenció y se sintió uno, con su personaje. Y todo esto nunca se le olvidará, Nelson Mandela siempre será parte de él. Y este mundo necesita más Nelson Mandelas.
Esta si es una educación para la vida, para la humanidad.
Gracias Nelson Mandela por el legado que dejaste. Gracias Colegio El sabino, por dar la oportunidad a esto niños de tener experiencias como estas.

Soy el amo de mi destino,

soy el capitán de mi alma.

Nelson Mandela

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El desarrollo de la mano en las diferentes etapas de desarrollo

Seres humanos con manos y sin cabeza, y seres humanos con cabeza y sin manos están igualmente fuera de lugar en una comunidad moderna.
Hoy hay una necesidad de un entrenamiento más dinámico del carácter, así como el desarrollo de una conciencia más clara de la realidad social

María Montessori

Y aquí va un video en el que se pude ver el desarrollo de la mano… todo lo contado en los post de etapas de desarrollo, cómo el uso de la mano cambia, evoluciona a lo largo de las etapas, y es la herramienta de aprendizaje.

  

Y se llenó de poesía mi corazón

¿Qué pasó con las golondrinas que llegan tarde al colegio?

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Pablo Neruda

Gracias Adriana, por llenar de poesía mi corazón

  

Frases 4

La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo

Nelson Mandela

  

Montessori no es una comida italiana

“Se suman a otros muchos pequeños milagros que Montessori nos regala todos los días como el que civilizadamente se organicen para tomar su refrigerio, compartiendo mesa y conversación; como convivir en el aula con niños de diferentes edades; como el saber mover una silla sin hacer ruido; como el ayudarle con un material a su compañero más pequeño; como compartir el ambiente con compañeros con necesidades especiales; como poder trabajar descalzos en el salón; como tener la paciencia para esperar a que el compañero termine de usar el material que necesitan; como poder salir al patio a trabajar; como saber escuchar; como asistir con gusto al colegio; como el ser felices.
Ser felices. Ése es el argumento de peso a favor de Montessori. ¿Qué buscamos sino la felicidad de nuestros hijos?
Montessori va más allá de los años escolares. La preparación para la vida que brinda fomentando valores como la tolerancia y el compromiso con la comunidad, la autodisciplina y el espíritu de cooperación nutren necesariamente vidas adultas más plenas.
Ahora sé que Montessori no es una rara enfermedad, ni una secta fanática, ni una marca de sopa o una comida italiana, pero ciertamente descubrí que sí es alimento, alimento para la mente y el espíritu. Además es alimento aderezado con amor.
Hemos visto crecer y florecer a nuestros hijos con valores y conocimientos bien plantados en la tierra, pero con alas de libertad para explorar más allá del horizonte.
Se han preparado para dar todas sus luchas por amor, que es lo que hizo María Montessori. Amor a Dios, amor al prójimo, amor al trabajo, amor a la justicia, amor a la libertad, amor a la paz.
Saben que ninguna batalla merece ser ganada por odio, por rencor o por envidia y que todas las luchas deben ser por amor, siempre por amor.
Serán como son con todas sus cualidades y defectos pero sobre todo serán Montessori y serán felices”.
Fragmento de Montessori no es una comida italiana. Reflexiones de un papá Montessori. LRV.
  

Gabriel García Marquez

“El consuelo fue que en Cataca habían abierto por esos años la escuela montessoriana, cuyas maestras estimulaban los cinco sentidos mediante ejercicios prácticos y enseñaban a cantar. Con el talento y la belleza de la directora Rosa Elena Fergusson estudiar era algo tan maravilloso como jugar a estar vivos. Aprendí a apreciar el olfato, cuyo poder de evocaciones nostálgicas es arrasador. El paladar, que afiné hasta el punto de que he probado bebidas que saben a ventana, panes viejos que saben a baúl, infusiones que saben a misa. En teoría es difícil entender estos placeres subjetivos, pero quienes los hayan vivido los comprenderán de inmediato.
No creo que haya método mejor que el montessoriano para sensibilizar a los niños en las bellezas del mundo y para despertarles la curiosidad por los secretos de la vida. Se le ha reprochado que fomenta el sentido de independencia y el individualismo -y tal vez en mi caso fuera cierto-.
Me costó mucho aprender a leer. No me parecía lógico que la letra m se llamara eme, y sin embargo con la vocal siguiente no se dijera emea sino ma. Me era imposible leer así. Por fin, cuando llegué al Montessori la maestra no me enseñó los nombres sino los sonidos de las consonantes. Así pude leer el primer libro que encontré en un arcón polvoriento del depósito de la casa. Estaba descosido e incompleto, pero me absorbió de un modo tan intenso que el novio de Sara soltó al pasar una premonición aterradora: ‘¡Carajo!, este niño va a ser escritor’…”.
Fragmento de Vivir para contarla. Gabriel García Márquez.